No tengo mucho que decir, solo que espero que algunas se hagan una idea y bueno... que vea más o menos el resultado de mis meses de desaparición. Todo vuestro.
INTRODUCCIÓN
Corría como si mil diablos la persiguieran. Sentía sus piernas adoloridas chillando por ser calmadas. Sus pequeños pies resbalaban en sus zapatos, notando como los deditos se arrugaban. Cruzó una esquina y sintió las lágrimas agolpándose en sus hermosos ojos púrpuras, estás, volando hacia atrás, mojaban su espesa melena rizada, la cual aullaba al viento el terror que cubría su ser.
De repente se detuvo, notando como alguien se había plantado frente a ella y la miraba, con aquellos ojos azules, tan claros que parecían casi blancos, grises sería un término adecuado. Su corazón bombeó con fuerza, casi podría oírlo en sus propios oídos. Un temblor exasperado le cubrió el cuerpo y el chillido de miedo se ahogó con el bamboleo de su vestido de algodón.
El pánico la llevó a imaginar mil y una atrocidad que aquel ser quería adjudicarle a su alma, cerró los ojos y amortiguó el llanto hasta que todo se volvió negro. El color más oscuro que nunca podría haber imaginado. Se sintió flotar, sintiendo una paz abrumadora, todo el dolor se fue y las imágenes de su padre también se desvanecieron. ¿Sería aquel ser de ojos azules el asesino de su padre? Podría ser, pero lo que ella no sabía era… si también sería el suyo.
Capitulo 1
Maya abrió los ojos asustada. Sentía como el sudor corría por sus mejillas y le caía en el cuello, empapándolo. Se incorporó torpemente y se tocó la frente, todavía acongojada por la pesadilla que desde que era una niña, asolaba sus sueños convirtiéndolos en angustia.
Siempre supo que no era una chica normal. A corta edad presenció el cadáver de su padre. Aquel cuerpo blanquecino, que sin una gota de sangre, se encontraba recostado sobre las frías baldosas de la entrada de su casa. Fue un shock para ella, tanto que ha causa de ello, aquellas horribles pesadillas no dejaban de acosarla. Nunca supo si lo siguiente de ver a su padre fue verdad o mentira, y creía que nunca lo descubriría.
Su abuelo, la persona que la cuidó hasta que se hizo mayor, lo negaba. Exponiendo una versión muy diferente a la que ella recordaba. Simplemente se había desmayado ante la visión y no había despertado hasta la mañana siguiente, en la que él la había encontrado, recostada en el suelo y tan pálida como su difunto padre.
Le costó varios años recuperarse, pero al final, ahí estaba, abandonando sus raíces y mudándose a Caria, la ciudad más cercana a su pueblo. A sus 20 años, Maya por fin había escogido una vía de escape, un tren hacia sus sueños y que sabía que paraba allí, en Caria, intuía que aquel lugar era el indicado para empezar una nueva vida. Desde que había puesto los pies en Caria sintió algo en la sangre, un estirón de adrenalina que le ascendió por el cuerpo. Algo allí la llamaba, y ella aceptaría el reto encantada.
Se levantó de la cama, empezando a escuchar los ruidos procedentes de una cuidad ya despierta. Aún con el camisón, decidió primero desayunar y desperezándose con total tranquilidad, bajó las escaleras hasta el primer piso y se dirigió a la cocina. Decidió coger de la nevera un cartón de leche y se preparó unas cuantas tostadas, juntadas con un poco de mermelada de fresa, su favorita.
Hacía solo una semana que se había mudado, pero ya estaba acostumbrada al ajetreo de la ciudad, sin entender como una persona tan especial como ella, había soportado la vida penosa y tranquila de un pueblo.
Ascendió la vista hasta el reloj redondo que colgaba de la pared, justo sobre la pequeña mesa en la que ella comía. Casi eran las nueve, hora en la que había quedado con su amiga para empezar con la tienda que se proponía montar en un pequeño local, que asombrosamente había localizado tres casas más arriba de su piso. Un lugar idóneo para la clase de productos que quería vender.
Estaba ilusionada por haber encontrado un piso y un local, justo en el casco antiguo de la ciudad. Las calles eran estrechas y sinuosas, con calzada de diminuta piedra y paredes alargadas y antiguas, que le daban un sutil misterio a todo lo que le rodeaba.
Arqueó una sonrisa cuando la manilla del reloj señaló las nueve en punto y dos golpecitos en la puerta se prologaron en un jugueteo de nudillos, como tanto le gustaba a Clara. Ella no podía tocar el timbre como todo el mundo, prefería dar porracitos graciosos casi llevando el ritmo de una melodía.
Levantándose con la energía renovada, le abrió la puerta y le sonrió. Clara, como habitualmente, la esperaba en el pasillo con el ceño fruncido y su pequeño cuerpecito casi dando botes, era tan nerviosa que a veces hasta la tranquilidad de Maya se veía afectada.
-Buenos días, Clara. –saludó, haciéndose a un lado para que su amiga pasara.
Esta asintió con la cabeza como respuesta y avanzó un poco a regañadientes, observando como Maya se dirigía a la mesa y colocaba los platos usados en el fregadero.
-Déjame que lo adivine. –Sin mirarla, Maya fue también a guardar el cartón de leche a la nevera-. Estás de mal humor ¿verdad? Que raro que no me extrañe. –Antes de que Clara se pudiera defender le señaló la entrada de la casa con una sonrisa-, Cierra la puerta por favor.
-Si, si. –Alargando la mano, Clara le pegó un pequeño empujón dejando que esta se cerrara con un suave “clic”-. No estoy de mal humor Maya, es solo que siempre tienes que llegar tarde a todos lados ¿No sabes que es la puntualidad? Yo me preocupé en levantarme temprano para estar aquí a las nueve en punto y te encuentro en camisón.
-Ya lo cojo. No sigas regañándome, pareces el abuelo.
Maya pasó un trapo por la mesa para recoger las migajas y lo sacudió sobre el cubo de basura que mantenía guardado bajo el fregadero.
-No lo creo. –gruñó Clara-. ¿Es que no tienes sangre en las venas?
Maya que se dirigía hacia las escaleras se paró unos momentos, mirándola fijamente. Había algo en aquella frase que la había intimidado, aunque no sabía muy bien que era. Simplemente, apartó la cara de su amiga y se encogió de hombros, dispuesta a subir hasta su cuarto mientras Clara la esperaba.
-Creo que si, aunque tampoco te lo aseguro. -Clara pudo escuchar una pequeña risita-. Espérame aquí, me visto y en un momento nos vamos.
Clara ya estaba acostumbrara a la indiferencia de su amiga, pocas cosas hacían que se ilusionara, bueno más bien solo las esotéricas, un gusto un poco rarito para una chica que se había criado en un pequeño pueblo.
Desde niñas siempre estuvieron juntas, como si el destino hubiera entrelazado sus vidas con un fiel motivo. A veces se reía cuando Maya intentaba demostrar que las coincidencias no existían, solo lo inevitable. Al principio le pareció una tontería pero con el tiempo todo cambio, todo.
Antes de que pudiera seguir con sus pensamientos, oyó unos cuantos pasos y poco después su amiga bajaba pegando saltos la escalera con una cinta verde esmeralda en la mano.
-Creo que necesitarás esto.
Maya se acercó con una sonrisa a su amiga y le mostró con una señal que ella también se había recogido su pelo rizado en una coleta alta. Sin embargo, Clara no miró con buenos ojos la cinta.
-Me gusta el pelo suelto, gracias. –soltó con desconfianza.
Con un suspiro cansado, Maya sacudió la cabeza negativamente.
-Déjate de tonterías y ven aquí. Si no te lo recoges se llenará de polvo y se ensuciará.
Clara después de soltar un largo gruñidito mucho menos femenino, se acercó y le dio la espalda, dejando su larga melena rubia a total merced de su querida amiga.
A Maya, la pequeña estatura de su amiga le vino perfecta para la tarea que se había propuesto. Con dedos delicados, le fue recogiendo el pelo, hundiéndose en sus cabellos oro y estirándolos despacio hacia atrás, los ascendió y terminó entrelazando la cinta en ellos. Cuando terminó, sonrió satisfecha, mientras que Clara se sonrojaba por tales atenciones.
-Creo que ahora estás mucho mejor, además, el color verde de la cinta hace juego con el de tus ojos. –Y sonrió, una de esas sonrisas cálidas que hacía que cualquier tuviera que devolvérsela.
Clara, visiblemente nerviosa, se tomó el largo mechón rubio que le caía sobre el ojo izquierdo, este tenía un tono más apagado que el otro, quedando en un verde musgo contra el esmeralda. En ese instante, cayó en la cuenta de que Maya nunca le había comentado tal contrariedad, aunque ella tampoco le había mencionado su poco común color púrpura. Tuvo que reprimir una sonrisita al apreciar que tan parecidas eran entre ellas y que diferentes de todos los demás.
Sin mencionar nada más, ambas salieron de la casa, y se dirigieron a pasos ligeros hacia la supuesta tienda que aun tendrían que arreglar. Solo tuvieron que subir un tramo de la calle y allí estaba el local, con la puerta de cristal y un escaparate que podría considerarse suficiente para lo que iba a albergar.
-¿Qué te parece? –comentó orgullosamente Maya.
Clara, alzó una ceja sin darle mucho aprecio a aquel trozo de piedra adornado con tres cristales.
-La fachada no es que valga mucho. –respondió con su sinceridad arrolladora-. Espero que por lo menos, el interior sea espacioso.
Maya ignoró el comentario, estaba tan acostumbrada al pesimismo y sinceridad de su amiga que había llegado un momento en el que dejó de importarle. Tocó la piedra de la fachada y sonrió, por fin se había atrevido a mudarse a la ciudad y ahora tendría una pequeña empresa que llevar y gestionar. Siempre había sabido que le vendría bien aprender un poco de administración y finanzas. Lo que todavía no sabía es como su abuelo había conseguido tanto dinero, cuando le contó su sueño y él únicamente se lo financió le había parecido algo extraño, pero prefirió no comentarlo. Cuando el abuelo quisiera compartirlo con ella, ya lo haría.
Clara ante el embobamiento de su amiga, decidió pasar primero, arrebatándole las llaves y abriendo la puerta con un poco de torpeza. Al poner un pie dentro cambió la opinión que tenía de aquella ruinosa tienda. No estaba nada mal, y con los estantes y el mostrador en su sitio, le daba un toque bastante admirable. Solo que había tantas cajas con mercadería que se malhumoró al pensar que tendría que ayudar a colocarlo todo.
-¿Y ahora? –Picó graciosamente Maya con las manos en las caderas, desde la puerta.
-Si, si, vale, punto para ti. No está nada mal.
Cuando alcanzó la posición de su rubia compañera, ambas echaron un buen vistazo y empezaron a calibrar todas las posibilidades. Las paredes estaban pintadas de carmesí, y los estantes de negro, igual que la cortina que llevaba a la trastienda y el mostrador.
Un resoplido escapó de los labios de Maya, que feliz, comenzó a caminar por todos lados, recorriendo las paredes con las yemas de sus dedos.
-Perfecto. –adjudicó.
-Mas bien yo lo veo gótico. –Como de primera mano sabía que Maya ignoraba esa clase de comentarios, siguió hablando mientras pasaba un dedo por la limpia estantería-. Ya veo que ayer estuviste limpiándolo todo. Tiene su mérito, la verdad. –Se volvió hacia ella y apoyó ambas manos en el mostrador, mientras daba un pequeño saltito y se subía sobre él-. Debo suponer que ayer todavía no habían llegado las cajas ¿no?
-Supones bien. –contestó Maya, que ya estaba agachada y abría con fuerza una de las cajas que le habían llamado la atención-. Estuve esperándolas hasta la noche pero… -Recogió entre sus manos unos cuantos libros y les pasó los dedos por el canto, leyendo rápidamente los títulos-. …al ver que no había esperanzas al final tuve que conformarme con limpiarlo y echarle una manita de pintura.
Clara observó a su amiga. Parecía la mujer más satisfecha del mundo, aun así ella tenía ganas de reclamarle el mal gusto que tenía con los colores, pero… mejor era no aguarle la alegría. Se acarició el flequillo dorado que le caía sobre el ojo izquierdo y la imitó, aquella tienda podría dar buenos frutos, además de que el lugar le venía como anillo al dedo, no encontraría otra ubicación más idónea que esa.
Suspiró y sacudiéndose las manos en los pantalones, pegó un saltito bajándose del mostrador.
-Bien, ¿Por donde empezamos, entonces? –cuando vio que la morena comenzaba a sacar calaveras de una de las cajas, Clara no pudo evitar echarse hacia atrás, asqueada-. No sueñes con que esta de aquí coja esas cosas asquerosas, Maya. Te juro que la amistad tiene un límite.
Maya la miró como si se hubiera vuelto loca, acarició la calavera como si fuera un tesoro y con el mayor cuidado del mundo la dejó sobre la estantería que había a su lado. Cuando terminó la ceremonia, se dio cuenta de que Clara estaba a punto de chillar asqueada al verla actuar de ese modo tan sicótico y no pudo resistirse a echar unas cuantas carcajadas.
-Era broma, mujer. –se echó a reír nuevamente por la cara que se le había quedado-. Si crees que me he vuelto loca te aseguro que no ha llegado el momento. Todo a su tiempo.
Clara se abrazó a sí misma, dando un cómico escalofrío. No sabía porque se sorprendía cuando ya tendría que estar acostumbrada al raro comportamiento de su amiga. Se acercó un poco, manteniendo una distancia prudencial y se asomó a ver que más contenía algunas de las otras cajas.
Había amuletos, colgantes, hadas, brujas, piedras, velas, hasta unos extraños bastones. Agarró uno y pasó los dedos por la pulida madera hasta terminar en el cuarzo redondeado que tenía incrustado en el extremo.
-¿Qué se supone que es esto, Maya? –preguntó, aunque no estaba segura de querer saberlo en realidad.
Esta, se levantó del suelo donde se encontraba arrodillaba y rápidamente le quitó el bastón de las manos, acariciándolo con casi devoción.
-Mucho cuidado con esto, Clara. –gruñó para sorpresa de su amiga-. Son varas de poder, es de cuarzo, mi preferida.
-¿Varas de poder? –dio un suspiro y se encogió de hombros-. Supongo que servirán para algo ¿no?
Maya no respondió al instante, si no que la recogió con suavidad y la llevó hasta el escaparate, colocándola con cuidado en un ángulo satisfactorio.
-Perfecto. –balbuceó complacida y se volvió hacia su amiga-. Se dice que son buenas purificando, para recoger la esencia de la persona y poder manejarla en igualdad por todo el cuerpo.
Clara no tenía otra opción que asentir, darle la razón. ¿Qué más podía hacer? Su amiga estaba loca, si.
Después de esto, se dedicó exclusivamente a recoger los productos que Maya le indicaba, colocándolos con el mismo cuidado que la propietaria si no quería llevarse una cariñosa regañina. Y así pasaron las horas y las horas, comieron en un restaurante de comida rápida que había al lado de la tienda y siguieron hasta entrada la noche.
Maya se apoyó en el mostrador, quitándose el sudor de la frente por todo el esfuerzo realizado. Aunque ahora empezaba a hacer fresco cuando el sol desaparecía, ella seguía teniendo un calor exagerado, el mismo que había sentido conforme puso un pie en Caria.
Miró el reloj, eran cerca de las 10 de la noche. Clara, hacía un par de horas, ya había puesto pies en polvorosa, achacándolo a diversos estudios para su universidad. Ella también tendría que pensar en ir dejándolo y cerrarlo todo bien. Era un poco despistada, pero no podía arriesgarse a meter la pata ahora que tenía todo lo que siempre había deseado.
Un ruidoso estrépito comenzó de nuevo a escucharse sobre su cabeza. Gruñó para sus adentros y no pudo evitar dar un pisotón de coraje al suelo. La maldita persona que vivía sobre la tienda se había pasado toda la tarde escuchando música para locos ¿Qué era? ¿Metal? ¿Heavy? Lo que más le molestaba es que la tenía tan fuerte que parecía que ella misma la usaba como ambientación para la tienda.
Cansada, se tocó el pecho, buscando su colgante, el que llevaba desde antes de que ella misma pudiera recordarlo. Nunca había tenido en la mano uno igual, si parecido, pero nunca igual. Consistía en un triángulo de metal con un ojo grande y azul en medio. Por supuesto que conocía su significado, era un amuleto de protección, de precaución. Su abuelo le había dicho que su madre lo tenía preparado para ella mucho antes de que siquiera naciera.
Lo agarró con fuerza y suspiró, esbozando una sonrisa.
-Gracias mamá.
Después por fin decidió que era mejor marcharse, conforme mirara como habían quedado las estanterías de la parte superior, claro está. Fue directa a la trastienda y agarró con cuidado la escalera, llevándola por delante de su cuerpo, ya que su estatura menuda le dificultaba la tarea. La soltó con pesadez y se subió en ella, mirando si estaba todo bien puesto.
Justo cuando iba a bajarse, algo la deslumbró, un objeto que brillaba incrustado en la rendija entre la estantería y la pared. Decidida a descubrir que era, estirazó el brazo y con la uña comenzó a hurgar en el lugar, notando como el metal cedía un poco.
Un crujido en la escalera, la alertó de que podía terminar en mal viaje. Y aunque intentó bajarse, esta cedió, enviándola al suelo y dejando que todo su cuerpo recayera sobre su brazo izquierdo. El chillido que dio fue apoteósico, estaba segura que lo habrían escuchado hasta en su pueblo.
Apoyó la mano buena para poder sentarse y con todo el coraje del mundo le pegó una patada a la escalera, que partida en dos mitades, había quedado tirada justo al lado de ella. Solo por ese movimiento un relampagazo de dolor se le incrustó en el brazo, haciendo que su cara se encogiera en una mueca y con los dientes apretados, terminara propinándole otra patada a la escalera.
-¡Diablos! –masculló entre dientes-. Con lo bien que me había ido el día. Hay Maya… -Se dijo a si misma mientras se apoyaba en el mostrador para levantarse-. …nunca olvides que eres una torpe y te morirás siéndolo.
Se lo repetía hasta la saciedad, pero… ¿Por qué diablos tenía que ser tan torpe? ¡Si es que no había día en el que no se cayera! Ahora lo peor era su brazo, que le dolía horrores. Se metió la mano en el bolsillo y miró si por suerte tenía su tarjeta de seguro médico. Casi dio brincos de alegría cuando la encontró allí, justo debajo del carnet de identidad.
Echó una última mirada a la estancia y después de sacudirse rápidamente la ropa mientras decía varios improperios, salió de la tienda y la cerró con llave. Volteándose y dando unos lastimeros quejiditos, estiró como pudo de la persiana metálica que cubría el escaparate. Llegando a la mitad se dio por vencida, con una mano no podía hacer gran cosa.
Tenía un aspecto espantoso, eso había que reconocerlo, y aun haciendo bastante frío, ella iba en mangas cortas, haciendo que todo el mundo que pasaba por su lado se la quedara mirando, como si estuviera fuera de lugar. Maya se sonrojó, tenía calor pero en ese momento no había tiempo para disimular, le dolía horrores el brazo y quería llegar al hospital lo antes posible.
Caminó hasta el final de su calle y salió a la principal, la cual, mucho más amplia, te dejaba ver el gran hospital al que podías llegar después de unos diez minutos de andar rápido por ella. Llegando al edificio inmaculado, era como si una señal te dijera que habías salido del casco antiguo de la ciudad, pues a partir de él, ya era todo más urbano.
Respiró aliviada cuando alcanzó la puerta y cruzó la pequeña calle para entrar por urgencias, seguramente Clara se pondría como loca al no haberla avisado. Siempre se enfadaba por tan poca cosa... Maya sonrió al recordar la naricita arrugada de su amiga y se adentró en el hospital, yendo directamente hacia la mesa de la recepcionista.
-Perdone… -dijo con la educación necesaria.
La enfermera, levantó la cara y le devolvió una sonrisa. Era una mujer entrada en años, pero parecía amable, con su cabello dorado recogido en un moño y sus castaños ojos surcados de cálidas arrugas.
-¿Qué le ocurre pequeña? –Maya sacó con rapidez la tarjeta del seguro médico y se la entregó a la mujer mientras le explicaba que se había caído y como el brazo se había llevado la peor parte-. Bien… sigue hasta esa sala y espere a que la nombren. –señaló la mujer, sacando todo su cuerpo peligrosamente del mostrador-. Si ve que le duele mucho no dude en avisar a una enfermera para que le de algo.
Maya le ofreció otra sonrisa por la amabilidad de la mujer, e hizo lo que le ordenaron. Caminó con rapidez y se sentó en una de las pocas sillas que no estaban ocupadas. La sala estaba abarrotada de gente, demasiados olores mezclados que a ella no le gustaban. Se agarró el brazo y esperó a que la avisaran, pidiendo para sí que fuera rápido.
Y durante una hora entera, realmente pensó que se habían olvidado de ella. La gente comenzaba a variar, advirtiendo caras nuevas al poco tiempo, y sin embargo ahí estaba ella, después de tanto rato y sentada en la misma silla.
Un hombre bastante mayor se sentó a su lado, podía oler su sudor en el ambiente y una arcada le subió a la boca. El pobre anciano, en menos de cinco minutos y para su mala suerte, empezó a vomitar, sin poder contenerse y antes de que una joven enfermera llegara con la cubeta. La muchacha al verlo, dejó escapar el aire entre dientes y se dio la vuelta, volviendo con un poco de arena y un recogedor.
Más que asqueada, lo que Maya sentía era pena, pues el pobre hombre se había agarrado a su mano mientras intentaba respirar. Con rapidez, volvió a llamar a la enfermera que terminó llevándose al pobre anciano hacia una de las salas contiguas.
Se quedó de pie, observándolo hasta que desapareció de su vista. Su abuelo no era mucho más joven que ese señor, y en estos momentos podría estar pasando por uno de sus achaques, pues no era un secreto que estaba mal del pulmón. Por primera vez desde que llegó a Caria, sintió una punzada de culpabilidad en el corazón. Ella había echo bien en seguir sus sueños ¿no?
-Maya Gaes, Maya Gaes ¿Se encuentra aquí?
Se dio la vuelta al escuchar su nombre, y adelantándose sobre unos cuantos pacientes que se encontraban de pie en medio del camino, logró salir frente a la pequeña enfermera, apretándose bien el brazo que a cada movimiento creía que se le iba a caer del dolor.
-Yo, yo soy Maya.
La enfermera asintió y le ofreció la mano, guiándole con calidez hacia otra sala de espera. La llevó directamente a una de las sillas y le acarició el hombro.
-Espere a que la llamen de nuevo.
Maya la miró como si se hubiera vuelto loca, no se podía creer que después de una hora larga la obligaran a volver a esperar de nuevo ¡Pero si le saldrían canas antes de que la visitaran! Suspiró sin rechistarle a la mujer, que agradecida por su silencio le sonrió y se marchó, moviendo las caderas con un suave vaivén.
Echó un vistazo a su alrededor, era lo único que podía hacer para distraerse. Allí había muchísimas menos personas, y es más, podía ver las consultas a las que directamente iban a pasar.
Observó como uno de los médicos abría la puerta de su consulta, quitándose la bata blanca y colgándola en el perchero que había en la entrada. Entonces fue cuando se volvió hacia ella, y se quedó mirándola fijamente. El color de sus ojos la acongojó, sintiendo como la bilis le subía hasta la boca, eran tan azules que casi se veían blancos, como dos esferas de hielo. Se quedó palizada y tan tensa que terminó agarrada a los brazos de la silla donde estaba sentada.
El médico pareció percibir su pánico, sin embargo, lo único que hizo fue volver a ponerse la bata y salir de la consulta, dirigiéndose hacia la pequeña mesa de recepción que había en la sala.
Maya, intentando controlar su impulso inmaduro, bajó la vista y reguló su respiración. Seguramente aquel hombre pensaría que estaba loca al haber reaccionado de esa forma, eso o que era muy poco agraciado. La sola idea hizo que una risita se le escapara de los labios, no sabía como podían ocurrírsele esas cosas después del miedo que había pasado. Un miedo irracional y sin fundamento, pero que no podía evitar.
Su nombre resonó en los altavoces de la sala, y buscó con la mirada la consulta a la que tenía que acudir. El médico había desaparecido y pidió que no fuera el suyo, pues pasaría un buen bochorno si tuviera que hablarle después de haberlo mirado como si le hubiera crecido otra cabeza.
Llamó educadamente antes de entrar y pasó con lentitud. Allí estaba él, como no, Maya ya lo suponía, por algo no echaba nunca a la lotería. Tosió nerviosamente y se sentó un poco intimidada en el sillón negro que había frente a él.
-Buenas noches. –dijo, la verdad es que fue lo único que se le ocurrió, si hasta casi había olvidado el dolor de su brazo por un momento.
De repente, aquel hombre le sonrió, con la boca mas perfecta que Maya hubiera visto en su vida. Esta vez no se le quedó mirando espantada, más bien parecía una boba. Advirtió que la sonrisa se incrementaba.
-Espero que no se quede mirando a todos los hombres que conoce de ese modo. –se levantó y le ofreció la mano-. Soy Adam, encantado.
La cara de Maya se entintó violentamente de carmesí, levantándose de un pequeño salto y devolviéndole el apretón de manos antes de volver a sentarse apresuradamente.
-Perdón pero… me recordó algo, la primera vez. –Se apresuró a añadir-. Yo… Yo vengo porque mi escalera se rompió y me caí sobre el brazo izquierdo.
Adam, se levantó con suma elegancia, y cogiéndola por el otro brazo la llevó hasta una camilla.
-Siéntate aquí. –le ordenó, mientras comenzaba a tocarle el hombro, bajando hasta el codo y terminando en la muñeca.
Maya se concentró en la mueca de preocupación que tenía el médico, sus facciones era bastante jóvenes, demasiadas como para ser un médico de urgencias. Sin embargo, podía calcular que tendría más edad que ella, de eso estaba segura.
Cuando sus ojos se encontraron por un momento, ella apartó la vista, aun podía sentir esa mirada helada y sentía como le entraban escalofríos. Eran unos ojos preciosos, eso tenía que reconocerlo pero… había algo que realmente no le gustaba. Cuando percibió que Adam volvía a concentrarse en su brazo, Maya aliviada se convenció en seguir mirándole, ya no solo era su cara atractiva, si no que su cabello, de un color negro azulado, como un manto de noche, era realmente atrayente. Casi tuvo que evitar no tocárselo.
-¡Ay! –chilló de repente-. Lo siento, pero me ha dolido.
El médico asintió, volviéndole a tocar el antebrazo esta vez con más cuidado.
-¿Te duele ahora? –preguntó, no muy seguro, aunque Maya negó con la cabeza, suavizando su expresión-. Creo que tienes una fisura en el cúbito, y casi me arriesgaría a decir que alguno de los metacarpos también esta dañado. De ahí podría venir la inflamación que tienes en la mano.
Maya se le quedó mirando como si le estuviera hablando en chino. Aceptó la mano que le ofrecía para bajar de la camilla y ambos se volvieron a sentar en sus respectivos lugares.
-Pero una fisura no significa que esté roto ¿verdad? –no quería pensar siquiera en que tuviera que retrasar la apertura de su tienda-. Yo creo que si me das algo para el dolor….
-Perdona. –Adam dejó de escribir en el informe y levantó sus ojos helados hacia ella-. El médico soy yo, espero que no te hayas olvidado de ese detalle. –El tremendo rubor que cubrió la cara de Maya, le hizo sonreír, satisfecho por su reacción-. Eso está mejor. Ahora voy a ordenar que te hagan unas radiografías para ver si tengo que escayolarte el brazo o solo con una venda y un cabestrillo vas tirando.
Maya lo miró con ferocidad. Ya casi se había olvidado del temor que sintió la primera vez ¡Si, era muy atractivo, pero tenía la lengua más afilada con la que se había encontrado! Vale, quitando a Clara.
Intentando mantener el orgullo, se levantó de su asiento y lo observó desde arriba, dejando que su coleta de espesa melena azabache se meciera con el movimiento.
-Entonces esperaré fuera, de todas formas, es lo que llevo haciendo toda la maldita noche.
Adam se llevó disimuladamente la mano a la boca y echó la cara hacia otro lado, intentando ocultar la risita que había acudido a sus labios.
-No sabía que las mujeres de ahora maldecían con ese descaro. –Al ver como los ojos púrpura de Maya amenazaban con quemarle si volvía a abrir la boca, levantó la mano en son de paz-. Tranquila, no tienes que irte a ningún lado. Yo ya había terminado mi turno, es solo que al verte ahí pensé que podría cogerte como último paciente del día. Vuelve a sentarte por favor, puedes esperar aquí conmigo.
Maya se agarró el brazo, recordando por el brusco movimiento porque diablos había acudido al hospital. Después calibró la expresión que tenía aquel médico descarado y volvió a sentarse.
-¿Qué te hace pensar que sería más cómodo para mí esperar aquí que fuera? Me subestimas o bien tienes demasiada confianza en ti mismo. –disparó, sorprendiendo por unos momentos a Adam.
Este quedó paralizado, sin saber que decir. Comenzó a ordenar los papeles del escritorio hasta que el silencio de ella le indicó que sabía que había perdido.
-Touché, Maya. –admitió con una sonrisa, creía recordar que era la primera vez que una mujer le había avergonzado-. Si te sientes incómoda en mi presencia puedes marcharte hasta que te avise.
Maya bufó, recostándose un poco en la silla y mirándolo con pesadez.
-Me quedaré aquí. –decidió pensativa-. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Adam, se había levantado, y abriendo una puerta que había en la parte de atrás, le entregó a una enfermera el informe necesario para avisar sobre la radiografía de su nueva paciente. Cuando terminó de dar las explicaciones pertinentes, la cerró y se volvió hacia Maya.
-Claro, las que quieras.
Se sentó en su silla y se arrimó a la mesa, dejando que las ruedas se deslizaran por el suelo.
-Si habías terminado tu turno ¿Por qué decidiste atenderme? Bien podía haberlo echo otro compañero ¿O será que querías ligar conmigo?
-Tranquila, muchacha. De una en una. –Se llevó la yema de los dedos a la boca y pensó por unos momentos en que contestar-. Te atendí porque me llamó la atención la forma en la que me miraste, tenías una expresión muy angustiada y pensé que debía de dolerte mucho. Sobre ligar contigo… creo que ahora eres tu la que pecas de vanidosa.
Maya apretó el puño enfadada, y más al ver la expresión satisfecha de Adam. Ese hombre conseguiría romper mil veces su ego si no salía de allí pronto.
-Bien, lo acepto, olvidemos la vanidad conjunta por un momento. Mi última pregunta.
-Adelante.
-¿Por qué desde que me has visto me tratas con tanta confianza? No conozco a ningún doctor que les hable a sus pacientes de tú.
Adam quedó un poco desconcertado. Es más, ni siquiera se había dado cuenta de que lo hacía. Pero la conocía tan bien, sabía más de ella, que ella misma. No pudo más que guardar silencio, pensando una respuesta lo suficientemente inteligente como para que aquella mujer se la tragara ¡Era demasiado inteligente la condenada!
La puerta se abrió y poco después una voz fina pero agradable, retumbó en la habitación, haciendo que los dos presentes se giraran a mirarlo.
-Es una falta que tiene mi querido hermano. Le gusta darle demasiadas confianzas a todo el mundo ¿verdad, Adam?
Maya se quedó observando al nuevo visitante. Tenía un cabello dorado, de un tono oscuro y aviejado, pero que brillaba elegantemente. Contempló como se apartaba el largo flequillo y metía los dedos por él hasta llegar al cogote, donde lo llevaba mucho más corto. Sus ojos tenían un color rojizo realmente extraño, aunque ella no podía hablar sobre eso, mirando los suyos. Tenía una complexión delgada y aparentemente débil comparada con Adam, sin embargo parecía fibroso y bastante flexible. También muy joven.
-Ian ¿Vienes de una operación? Podrías haberte cambiado de ropa antes de presentarte aquí.
Ian frunció los labios, en señal de desaprobación y se acarició las manos, irritadas por los guantes de gomas que había llevado durante las tres horas anteriores.
-Sabes que soy muy vulnerable a los olores. Aquello apesta tanto a sangre que no podía dejar de contar los segundos para salir disparado de allí.
-Entiendo. –respondió Adam, conocía bien el problema de su hermano, aunque ante la presencia de Maya, parecía que todo lo que había a su alrededor carecía de sentido, era realmente incomprensible.
Maya no entendía la conversación, y observando a los dos hermanos tampoco consiguió sacarles ningún parecido. Ambos eran muy atractivos, eso se podía apreciar a simple vista, pero no encontraba ningún rasgo relevante que compartieran.
Ian, se volvió hacia ella al darse cuenta de su escrutinio y le sonrió, acercándose para ofrecerle la mano.
-Creo que yo también tengo esa mala costumbre, así que con total confianza me presentaré. Ian Ross, encantado de conocerte.
Maya le devolvió el apretón y se sentó, no muy segura de que tenía que contestar.
-Yo soy Maya Gaes.
Los ojos carmesí de Ian giraron hacia Adam, observándolo con un toque de picardía, era una expresión que se podría leer con facilidad, lo difícil era interpretarla. A Maya no le gustaba sentirse excluida de las conversaciones, fueran habladas o no, así que decidió intervenir con lo primero que se le ocurrió.
-Ross no es un apellido muy común, pero admito que suena bien.
Ian cogió una silla y se arrimó a la mesa, justo al lado de su hermano, esperando ansioso a que hablara. Maya pudo percibir como Adam le pegaba una leve patada por debajo de la mesa, frunciendo el ceño.
-Realmente no es habitual, sin embargo, mi apellido no es Ross si no Kreus.
Las palabras del médico entraron directamente a la mente de Maya, cada vez comprendía menos, aunque para contrarrestar, gracias a la presencia del rubio se le había pasado el enfado.
-¿No dijisteis que eran hermanos? O puede que me esté metiendo en algo que no me importa, pero… como estamos en confianza…
Ian dejó salir una suave carcajada y le dio un codazo a Adam para que hablara. Parecía disfrutar de algo que Maya no llegaba a entender, pero de algo estaba segura, el único que reía era él, pues la cara que tenía Adam no demostraba ni un ápice de felicidad, es más, apostaba lo que fuera a que cuando ella se marchara haría migas con su hermano.
-Ian y yo no somos hermanos de sangre, nuestro padre nos adopto. Somos una familia bastante amplia. –dijo entre dientes, realmente disgustado con el tema.
Después de dos golpecitos, la puerta de la estancia volvió a abrirse, y una enfermera jovencita entró rápidamente en ella, dejando que los rizos castaños que le caían del gorrito se mecieran libremente.
-Ya era hora… -balbuceó Maya, harta de esperar y sobre todo de la tensión extraña que empezaba a invadir la consulta.
-Doctor, ya está lista la máquina para las radiografías. –Se giró hacia Maya y le sonrió ofreciéndole paso para que la acompañara-. Te traeré de vuelta muy pronto. –comentó, regalándole una mirada, que se podría definir como fogosa, a Adam.
Cuando la puerta se cerró tras ellas, este se volvió y no pudo evitar darle un pequeño golpe a su hermano en el brazo.
-¿Estas loco o intentas ponerme en un compromiso? ¡Ian!
Ian ni se movió, como si el golpe hubiera sido el contacto con una mosca. Se echó hacia atrás de forma presumida y arqueó una sonrisa burlona. Que disfrutaba molestándolo era más que evidente.
-Dijiste que no querías saber nada de esa muchacha, y sin embargo, vengo y me la encuentro aquí, hablando sobre ¿Confianza? ¿No crees que sea cómico?
-¡No, no lo es! –Adam se echó el pelo hacia atrás con ambas manos y apoyó la frente sobre las carpetas que tenía delante-. No pienso hacerlo, me da igual lo que decidiera Esteban. Yo no tengo derecho a tenerla, tú eres más adecuado para este asunto.
-¿Yo? –Ian dio otra de sus suaves carcajadas-. Sabes muy bien que yo tengo a Ángel, no me interesa para nada estar con otra persona.
Adam dejó que el aire se le escapara entre los dientes.
-Es verdad, Ángel es otro problema, aunque no quieras admitirlo. –Los ojos rojos se giraron feroces hacia Adam, que al sentirlos sobre su piel tragó saliva y terminó negando con la cabeza-. Entiendo, prometí no meterme en eso, pero ella ya tiene 20 años, y Esteban volverá pronto. No consigo encontrar una excusa importante para echarle el muerto a otro.
Ian se levantó de la silla y se encogió de hombros desinteresadamente.
-Adam, creo que no te queda más remedio que aceptarlo. Y yo me voy, Rubí se pondrá histérica si no llego a… cenar. –Dio un molesto gruñido y se dirigió a la puerta-. Estas mujeres… ellas pueden tardar horas en arreglarse pero cuando son las que tienen que esperar se vuelven insoportables.
-Que te sea leve, Ian.
-Se intentará. –Se despidió, arqueando una sonrisa.
Adam se colocó mejor en la silla y cerró los ojos. Todo se complicaba, había temido este momento por más de trece años. Él no podía encargarse de la tarea de cuidar a esa chica, no deseaba tener que enfrentarse con nadie, ni siquiera tener que educarla. Y sin embargo, Esteban, su padre, le había elegido a él por encima de todos los demás miembros de la familia, mucho antes de que apareciera Ángel siquiera.
Pero tenía algo a favor, sabía que ellos se opondrían, que no dejarían que alguien de tan baja clase se encargara de un asunto tan importante ¿Aquello era bueno o malo? ¿De verdad no quería hacerlo o tenía miedo? Tenía miedo, miedo de fracasar nuevamente, de echar por la borda la única oportunidad que tenían.
Era demasiada responsabilidad para él, para un demonio como él.
-¿Se puede pasar?
Adam pegó un salto, abriendo los ojos de golpe y sentándose correctamente.
-Perdona, no te he oído llamar a la puerta. <
-Parece que tenías sueño. –comentó, cerrando la puerta y sentándose en la misma silla donde había estado minutos antes-. ¿Estabas durmiendo? –Miró hacia su alrededor-. ¿Y tú hermano?
La observó de moverse, con esa naturalidad que la caracterizada. Y antes de darse cuenta ya estaba sonriendo ante el movimiento localizador de sus ojos púrpuras.
-Se acaba de marchar, Rubí, otra hermana, lo está esperando para cenar. –explicó, recogiendo el informe de Maya y abriéndolo para ojearlo-. Sobre el sueño, no te preocupes, es casi imposible que me afecte.
Justo al terminar la frase, Maya se llevó la mano a la boca para tapar un largo y perezoso bostezo.
-Pues yo si que tengo sueño.
-Ya veo. –comentó Adam burlonamente, e irritando de nuevo a la morena.
Y esta que creía que se habían calmados los aires. Odiaba el carácter de ese maldito médico, y sin embargo, tenía algo que le llamaba la atención. Puede que fuera atracción física, últimamente tenía las hormonas revolucionadas y no comprendía por qué. Nunca había sido una chica que pensara mucho en ello, es más aun era…
-Gracias.
Maya levantó la cabeza, confusa por aquella palabra. Y comprendió lo que sucedía cuando Adam se acercó a la mesa, después de que una enfermera por la puerta del fondo, le hubiera entregado un gran sobre.
Encendió los paneles que había en la pared y colocó algunas láminas negras sobre ellos. Se le veía pensativo, o se podría decir ¿extrañado? Se llevó los dedos a la boca, dándose pequeños golpecitos en los labios. Ya se había fijado que era una costumbre que tenía aquel médico cuando algo le interesaba.
-¿Ocurre algo? No me digas que me tienes que operar o algo parecido, porque te prometo que salgo corriendo.
La cómica amenaza le sacó una sonrisa a Adam, y meneó la cabeza en señal de negación para tranquilizarla.
-Todo lo contrario, yo esperaba algo más grave, pero la verdad casi no tiene importancia. –Se volvió hacia ella y le apretó el brazo, provocándole una mueca de dolor en el rostro-. Te duele menos ¿verdad?
-Es molesto pero si, en comparación con antes, es insignificante.
Adam se levantó y de pie al lado de la silla, la observó atentamente, con una mirada orgullosa que desconcertó a Maya. Es más, no se esperaba que le acariciara levemente la cabeza y volviera a recoger las láminas, metiéndolas rápidamente en el sobre.
¡La veía como una niña! ¿Qué era eso de acariciarle la cabeza? ¡Tampoco era un perro que había echo bien algo mandado por su amo! La irritación le subió a la cara, haciendo que se le pusiera completamente enrojecida. Estaba deseando que se despistara para poder darle una bofetada, se quedaría a gusto consigo misma si lo conseguía.
Maya observó como cogía unas vendas del armario que había a su izquierda y se acercaba de nuevo a ella.
-¿Si te toco me morderás? –bromeó, pues había percibido las llamaras de ira que habían crecido en los ojos de la muchacha, y también por supuesto su cara, que parecía que le iba a explotar.
-En esta vida si no te arriesgas no llegas a ningún sitio. –contraatacó ella, un poco más tranquila. Tenía que moderarse, la menuda y malhumorada de las dos, siempre había sido Clara.
-Vaya, entonces creo que me arriesgaré. –Y aun sonriendo, le agarró la mano y comenzó a vendársela-. La fisura del cúbito no es nada, así que… -le pasó un lado de la venda por la cabeza y le puso otro trozo de esparadrapo para sujetarlo. Tenía completamente el antebrazo pegado a pecho-. Creo que con esto, mantendremos segura la mano y bastará para la otra fisura.
Maya movió los dedos, que poco a poco se le quitaban la hinchazón. Así, en esa postura casi no le molestaba el brazo, pero tampoco le era fácil manejarse con una sola mano. ¡Ah, pero abriría la tienda! ¡Vaya si lo haría!
-¿Ya me puedo marchar?
Adam la miró fijamente por unos momentos, parecía querer decir algo, pero terminó desviando la vista y ordenando un poco todos los papeles que tenía sobre la mesa.
-Si claro, puedes irte. –cuando Maya se dio a vuelta, y la observó de marchase sin una palabra más, no pudo evitar volver a hablar-. Si quieres puedes esperarte un momento, y te… acompaño a la puerta.
Lo miró con sorpresa, era un médico muy extraño. Juraba que era la primera vez que un hombre le había entrado de esa forma ¿Qué le interesaba de ella? No lo entendía.
Resignada, se encogió de hombros.
-Haz lo que quieras. –dijo, aunque se quedó parada, esperándolo a la salida de la consulta.
Adam, aun casi más sorprendido que ella por la aceptación, se apresuró a quitarse la bata blanca y después de colgarla, se giró hacia ella, acompañándola. Maya caminaba a su lado con tranquilidad, más bien parecía que iba sola, como si él no estuviera. Aquello lo enfureció, y eso que se decía una y otra vez que esa muchacha no le importaba ¡Pero diablos, él estaba allí!
Un estirón de la manga de su camisa le hizo detenerse. Una ancianita, con ojitos arrugados y expresión asustada, se aferró a su mano.
-Doctor, doctor, me alegro tanto de encontrarle.
Adam al reconocerla suavizó sus rasgos, acariciándole cariñosamente la mejilla y inclinándose un poco para poder hablar con ella. Era tan bajita y delgada, que hasta un soplo de viento podría llevársela. Maya se paró, y completamente extrañada por la reacción de su médico, se acercó a ver que pasaba.
-Oh, Maggie ¿De nuevo ha salido de casa por la noche? Su hija estará preocupada por usted.
La ancianita, lo agarró con más fuerza, parecía realmente aterrada.
-Doctor, estoy muy sola ¿Dónde está mi casa? Yo quiero ir a mi casa, doctor, ayúdeme.
-¿Qué ocurre? –Maya le tocó el hombro a Adam para que le prestara atención, por un momento se le había encogido el corazón al ver la expresión apenada del hombre a su lado-. ¿La conoces?
Adam asintió.
-Si claro. Es paciente mía. Tiene alzehimer y a veces cuando sale de su casa no sabe volver. –los músculos de su garganta se tensaron-. Le he dicho muchas veces a su hija que personas como ella no pueden estar solas, pero….
Apretó los puños y ha simple vista, Maya pudo apreciar que esta más que enfadado. No supo porque tuvo aquel impulso, pero le acarició el brazo y cuando obtuvo su mirada sorprendida, le regaló una sonrisa.
-Bueno pues entonces, la llevaremos. Así no le ocurrirá nada. –dijo feliz, sin saber porque-. ¿Quiere usted que la acompañemos a casa, Maggie?
La anciana le sonrió y asintió.
-Gracias muchacha, es extraño ver a jóvenes tan amables. Doctor, usted sabe donde está mi casa ¿verdad?
Adam asintió, mirando de reojo a Maya, intentaría que lo que iba a decir sonara lo más normal posible. Después de todo, era una coincidencia.
-Vive en la primera bocacalle, en el edificio de pisos con fachada burdeos que hay justo en el centro. Su hija reside uno por encima, por eso no se ha dado cuenta de que Maggie ha vuelto a salir.
Maya lo observó sorprendida.
-Vaya, en ese mismo bloque de edificios vivo yo.
-¿Si? Que casualidad… -Fue lo único que se le ocurrió contestar.
Maggie, se sujetó mejor al brazo de Adam y con un poco de torpeza lo instó a empezar a caminar. Parecía contenta por sus dos nuevos acompañantes.
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No se que os habrá parecido, poca cosa seguramente XD
Explico un poco. Es una saga de romance vampírico, aunque eso queda claro. Se llamará Vampiros Diurnos y este libro en especial, que es el primero, se llama "Destino Irrestible".
Los protagonistas son Maya y Adam. Y no hace falta decir que el libro es mucho mejor mediante va a avanzando, pero claro, como entenderéis, por precaución no puede poner más.
Para terminar, hoy que es mi cumpleaños mi queridísima Belldandy, me ha regalado un dibujo ello por ella de mi libro (no hace falta decir lo que lloré cuando lo ví UU) El caso es que pensé en dejarlo por aquí para que lo viérais y que pegaba la ocasión ^_^
http://i297.photobucket.com/albums/mm209/Onichama/RegaloFati.jpg
*Fati-chan se recoge los lagrimones.*
De vez en cuando, iré poniendo alguna escena que me guste del libro, y así veis más jeje.
Cualquier pregunta o petición y demases.... dejadme un comentario ^_^
